01 agosto 2012

1º de Agosto: DÍA DE LA PACHAMAMA

La conmemoracion de la Pachamama es, probablemente, la más popular de las creencias mitológicas del ámbito incaico que aun sobreviven con fuerza en algunas regiones del Noroeste Argentino y muy especialmente en Jujuy. La difusión del mito usa como vehículo las lenguas quichua y aimara. Cuando llegaron los españoles, la Pachamama ya era una leyenda en el folklore incaico, lo cual indica que su origen hay que buscarlo en las comunidades agrícolas del occidente sudamericano.En el cuento que sigo explico brevemente algunos de los rituales. El cuento se llama SOCAVÓN y es, de algún modo, autobiográfico. Los personajes tiene nombres de personas muy queridas.No pregunten más.

Sobre el atardecer do­bla­ron la última curva para en­frentarse con un exi­guo poblado en el que se man­te­nían a duras penas al­gunas ca­sas en pie. La pálida luz naranja ema­nada de un sol es­con­dido hacía rato entre los ce­rros apor­taba lo suyo al am­biente tristón del pai­saje.
El perni­cioso viento, testigo eterno de todos los ges­tos, de to­das las situaciones, ha­bía ido soca­vando las bases de las ca­sas, vol­viendo al polvo lo que de el ba­rro na­ciera. Los ado­bes regre­saban a su ori­gen por obra de sus ráfa­gas, retornando al paisaje las rui­nas aque­llas donde se enseño­reaba mos­trando su triunfo.
Los esperaba un hombre hosco, parado de ma­nera tal de ser visto fácilmente. Las piernas se­para­das le otorgaban una só­lida firmeza de co­lumna, apoyadas en una tierra protegida como a una mu­jer, a la cual trataba de sacarle el fruto de sus entrañas y era, a su vez, po­seído y po­seedor.
Los ocupantes del vehículo se miraron entre sí. Uno había sido un ganapán, un sieteofi­cios. Apren­diz de pa­nadero, ope­rador de ra­dio, re­mi­sero. De­vino pe­rio­dista al reci­birse con grandes es­fuerzos, resultando un co­muni­ca­dor social por exce­lencia.
Habían viajado toda la noche para ir en busca de uno de esos pue­blos perdidos, abandona­dos que cre­cieron alrededor de las minas cuando eran ex­plotadas y ahora, una vez ago­tados sus filo­nes, si­guen siendo escar­badas por unos em­pe­cina­dos hom­bres que ofre­cen sus vi­das y la de sus fami­lias, in­mo­lán­dose en aras de una quimera al dios de la codicia, olvi­da­dos del resto del mundo.
El otro tam­bién había sido un buscavi­das, pero su pasión era la fotografía y ahora mal­vivía de ella.
Coinci­dieron años atrás en una misma empre­sa constructora de una obra mo­numen­tal: uno era topógrafo y el otro, dibu­jante. Viaja­ron juntos al trabajo du­rante mucho tiempo. En la casa de Felipe toma­ban el último mate de la madrugada y al salir empi­naban una bo­tella de gi­ne­bra en un beso cor­to, como de despe­dida. Camina­ban disfru­tando el frío de la ma­ñana hasta el colec­tivo que los con­du­ciría a la obra.
Ocuparon el puesto de dele­gado gre­mial: ti­tular y su­plente alter­nada­mente, hasta que el Proceso deci­dió lo contra­rio.
A Felipe lo poseía una atrope­llada ver­bo­rragia que no obs­tante, sabía dominar en los mo­men­tos de mayor ca­lentura, ma­nejando un  si­lencio omi­noso donde se lo sen­tía bufar de ma­nera amena­za­dora. Jamás se lo vio fal­tarle el re­s­peto a al­gún oponente.
Compar­tie­ron momentos, viajes, decep­ciones y amenazas. Se per­die­ron de vista cuando les apli­ca­ron  la "Ley de Prescin­dibilidad", ese eu­fe­mismo con el que la Junta de­nominó a la es­coba que pu­siera en ma­nos de los pa­trones y jefes para sa­carse de encima los ele­mentos dís­colos. Se se­pararon sin tener no­ti­cias uno del otro salvo en espo­rádicas si­tuaciones, hasta que coin­cidie­ron en aquel repor­taje.
Lucía, la productora, había des­cansado toda la no­che ta­pada con una cam­pera ador­nada con dibu­jos incai­cos com­prada en Boli­via, acurru­cándose en el asiento trasero con esa facili­dad que tie­nen al­gunas mujeres para en­ros­carse  y dor­mirse. El resto del día lo pasó escu­chando calla­damente las memorias de aque­llos dos per­so­najes conver­sadores que devo­raban esos ca­mi­nos agrestes con la sola mentira del mate amargo  que los acom­pa­ñaba como un testigo mudo.
A media mañana entraron en un alma­cén del cos­tado de la ruta. Buscaban algo para aca­llar el estó­mago: unos sala­mines que a ella le pare­cieron a primera vista viejos, duros y gra­so­sos, lo mismo que el queso amarillo guar­dado de­bajo de una cam­pana de grueso vidrio, so­bre una ta­bla con huellas del paso del cu­chi­llo y de los años.
Felipe se entusiasmó con un re­cipiente de ho­ja­lata ova­lado y alto que colgaba de un clavo de la estan­tería.
–¿A cuánto tiene el caldero?... Démelo. ¿Cómo lo curo...? –pre­guntó mientras lo reci­bía.
–No hace falta. –respondió el dueño del boli­che– Hirva bien la primera agua que le ponga, tí­rela, ca­liente más agua y amar­guee tran­quilo... lleva yerba?
–Véndame... ¿de cual tiene?
–Con palo y esta liviana...
–Deme esa, la colorada... –y se acordó de Lu­cía– vén­dame también un mate de esos enlo­zados, una bombilla y azú­car... la señora toma dulce.
Lucía agradeció íntimamente aquel gesto. Más tarde, en el camino, se pro­metió no dejarse lle­var por las aparien­cias, tanto en los quesos como en los hom­bres.
Ahora van via­jando hacia el Sur, des­pués de pa­sar por la casa de Felipe en Neu­quén donde ellos, al re­cono­cerse en la ma­dru­gada se atro­pella­ron fun­dién­dose en un interminable, apre­tado abrazo. A Lucía le había cos­tado trabajo dar cré­dito a sus ojos, alelada por aquella acti­tud de mirarse en silencio, con asom­bro, ale­gres por el reencuen­tro y por tra­ba­jar juntos. Cada uno de ellos en algún mo­mento pen­só que el otro no es­taba vi­vo.
Ella ne­cesitaba un periodista y un fo­tó­grafo y los requirió. No tuvo la menor sospecha de un pasado compartido.
El primer reportaje lo te­nían pla­neado en Pie­dra­mala, un pueblo en­clavado en el fondo de una hon­donada por donde co­rre en­ca­jonado el vendaval que va y vuelve arrastrando una fina are­nisca despren­dida de los ce­rros del fondo y hace daño en la cara y las manos. Un cierzo avaro de su territorio, galo­pando de un lugar a otro con un aullido in­ter­mina­ble, enlo­que­ciendo al via­jero, hasta im­buirlo de una apa­tía en la cual ya no le im­porta nada.
Un hálito que te quiere expul­sar de su co­marca con ra­chas des­templadas hasta que termina acostum­brándose uno al otro; sopor­tándose casi con indi­feren­cia. Pero para lle­gar a ello se de­berá tran­sitar un camino que bor­dea peli­gro­sa­mente la lo­cura.
La mujer descendió de la camio­neta.
–Buenas tardes, –saludó– veni­mos a tra­bajar con uste­des... quere­mos ha­cer una nota...
–Mal comienzo.– Mur­muró Fe­lipe entre dien­tes.
El hombre se irguió en el des­pre­cio.
–Aquí nadie los ha invi­tado... No quere­mos que nadie ven­ga a ventilar nues­tra miseria y mu­cho me­nos que se sepa donde esta­mos. En cuanto se ente­ren que estamos ex­plo­tando la mina esto se va a llenar de aprove­chados que quie­ran ve­nir a sacar ven­taja...
Ella se quedó callada. El fotó­grafo avanzó ha­cia el mi­nero sa­cándose el sombrero y exten­diendo la mano inició el sa­ludo y las presenta­ciones.
–Buenas... me llamo José Ve­láz­quez. Ella es Lu­cía y va a te­ner que perdonarle la atrope­llada... Veni­mos via­jando hace dos días... Brava la ba­jada, no?. Debe ha­cer mucho tiempo que no pasa nin­gún vehí­culo... Aquel gran­dote se llama Fe­lipe.
El hombre no dejó sola la mano ofre­cida, y a su  vez, descu­brién­dose la ca­beza sa­ludó.
–Ramón Cés­pedes, servidor... soy uno de los pocos que va que­dando por acá... Dis­culpe el re­cibi­miento, pero es­ta­mos es­panta­dos de los vivido­res... Ven­gan, pa­sen. Es­tos son mis hi­jos. Este se llama  Ramón como yo. Es el mayor... El otro se llama José... mirá vos... como us­ted.
Felipe extendió su mano dere­cha hacia el hom­bre es­tre­chán­dola re­ciamente y la iz­quierda ha­cia los niños con un pu­ñado de cara­melos.
Desde la casa apareció una mu­jer aco­mo­dando con desacos­tum­brada co­quete­ría sus ca­be­llos y to­mando en­tre sus ma­nos el de­lan­tal..
–Buenas... sepan entender al Ra­món, el soca­vón lo ha vuelto desa­tento. –Se di­rigió di­rec­ta­mente a Lucía dis­cul­pando al ma­rido.
–Venga, entre... Us­tedes tam­bién... ade­lante. Lucía, se sintió mejor al encon­trar una aliada. Había empezado a com­prender las ra­zo­nes del di­rector al elegir para este tra­bajo a estos dos per­sonajes.
Entraron a la casa iluminada por la luz tardía del atar­decer. Esa luminosidad naranja, de pa­bilo largo, se­gún había de­finido poé­tica­mente José, quien ha­bía guar­dado la cámara en uno de los bolsi­llos de su chaleco.
Felipe se acomodó en la silla ofre­cida ofre­ciendo un cigarrillo al dueño de casa y respe­tando su silencio, roto al fin por la mujer.
–Quiere pasar a lavarse?... Me llamo Marta.
Extendiendo la mano ha­cia Lu­cía, quien la atrajo hacia sí dán­dole un beso en la mejilla en un gesto ines­perado hasta para ella misma.
–Me llamo Lucía. Gracias por reci­birnos en su casa...
–Está bien. No son muchos los que se acer­can por Pie­dramala. Más vale que tratemos bien a los fo­raste­ros que nos visitan...– luego de una breve vaci­lación– Pase...  El baño queda por acá.
Los hombres fumaban callados, envuel­tos en la pe­numbra de esa hora. Ra­món le acercó lum­bre al candil que colgaba del techo so­bre la mesada de la co­cina ilumi­nando aquel rin­cón.
–Han comido?. –fue la parca pregunta.
–Hemos traído algunas cosas. –respon­dió Fe­lipe–. Si quiere las juntamos...
Y se dirigió hacia la ca­mioneta seguido por los ni­ños, para vol­ver con un canasto con comida que había comprado con el fin de dejárselos pero sin me­noscabar el orgullo del minero, quien no du­da­ría en rechazarlos ante la sos­pe­cha de una dá­diva.
La cena fue de reconocimiento y cautas pre­gun­tas mane­jadas há­bil­mente por Fe­lipe, quien con un tacto inusitado fue indagando la vida del mi­nero.
Después de la comida siguieron conver­sando.
–Está solo por acá?
–No... también está Mamaní, que es mi­nero desde chico, como era su padre y su abuelo. Él es el que me enseña a trabajar y a respetar la mina, saludar al Tío y to­das esas cosas.
Lucía se mordía de ganas de in­tervenir, pero dada la ex­pe­rien­cia de la llegada optó por el si­lencio sin perder de­talle. José limpiaba el equipo fotográfico y de paso familiarizaba con sus má­quinas a los futu­ros modelos.
–¿Qué es el Tío, Ramón...? ¿Le jode que le pre­gunte?.
–No... está bien... Después de todo para eso ha ve­nido. El Tío, según me cuenta Mamaní, que viene del norte, de Ju­juy, y a él se lo ha con­tado su padre y el abuelo y así... los abue­los venían de una tribu llama­dos los Urus allá en Boli­via... bueno, ellos le contaban de Huary que era un ogro o algo así, hijo o discí­pulo del dia­blo que es el Tío de las mi­nas... bueno ese fue el que les dijo a estos hombres que vivían en el campo, traba­jando, culti­vando vio?... bueno, ese fue el que les dijo que se metieran en los soca­vones a sacar las rique­zas que él tenía deposita­das. En­tonces ellos se dejaron de tra­ba­jar... de culti­var la tierra para ir a las mi­nas y con esa plata que se ganaba fácil se chupa­ban y esas cosas... vio?.
Mientras relataba, sus manos ar­maban mecá­ni­ca­mente un ci­ga­rrillo y al termi­nar estiró la ta­ba­quera a Felipe quien na­tu­ral­mente la reci­bió y  armó un piti­llo, lo selló pasándole la punta de la lengua y se lo ofreció a José. Luego repi­tiendo la ope­ración, se armó uno para sí, es­canció un poco de ginebra en cada vaso,  y se dis­pusieron a seguir escu­chando en un si­lencio roto sola­mente por la sempiterna melo­pea de la ventolera, de la  cual no era fácil olvi­darse.
–...al Tío se lo festeja en agosto, –conti­nuó el mi­nero– que según di­cen es el mes del diablo y tam­bién pa'l car­na­val. El Ma­maní trajo una ca­reta... máscara me dijo que se llama, cuando volvió de Bo­livia... a Oruro había ido a visitar a sus pa­rien­tes... Ma­ñana le voy a decir a él que les cuente... guárdele la ginebra. Hasta ma­ñana... hagan de cuenta que están en la casa de uste­des.
Y sin decir más se perdió en la oscuri­dad de la pieza contigua donde hacía rato se había cobi­jado su mujer acompa­ñando a los niños.
Los visitantes, un poco sorpren­didos por el brusco corte del re­lato, se miraron en silen­cio. Al fi­nal decidieron acomo­darse a como diera lugar. Felipe se ten­dió sobre su catre de cam­paña, José preparó su cama con una col­cho­neta in­flable y una bolsa de dormir para dos, saldo de un frustrado matrimonio. Se arre­glaron con la faci­lidad de la costumbre, de­bajo de la galería cu­bierta, con sólo dos pare­des pero útiles para protegerlos del ventarrón incansable que retor­naba con un frío co­se­chado en la cum­bre. Lu­cía optó por dormir en la camio­neta.
Al amanecer los despertaron los ruidos coti­dia­nos del trajinar de Ramón prepa­rándose para en­trar a la mina. Entonces pudieron conocer a Mamaní: un obrero si­lencioso y desconfiado de los ex­tran­jeros, sobre todo de la mujer a la que es­tudió largo rato con el entrecejo junto y vol­vía a mirar insistente­mente mientras Ramón le daba las explica­ciones del caso y lo ponía al tanto de sus in­ten­ciones de bajar con ellos al soca­vón.
–Como quieran... –dijo después de ca­vilar un rato– Pero ellos dos solos. La mujer se queda... A la cueva no entran mujeres y ésta menos... parece hija’el dia­blo con  ese pelo.
La ruda respuesta los tomó de sorpresa a to­dos
Lucía se había cuidado muy bien de no llamar la atención de nin­guna manera. Al prin­cipio le ha­bía hecho gracia la curiosi­dad de los chicos ante el co­lor rojo de sus pelos, herencia de sus padres ir­lande­ses, junto con el humor y el em­pecinamiento. Pero ahora, de día, es­taba de­ci­dida a pa­sar lo más desa­percibida posible, aun­que para eso debiera comen­zar por escon­der su me­lena de­bajo de un pañuelo, pero sin po­der evitar que algún mechón se le es­ca­para.
La lección de la víspera había sido pro­ve­chosa.
"No se puede avasallar a esta gente. –escri­biría más tarde cuando Felipe solicitara su cola­bo­ra­ción para tener un punto de vista femenino– Mucho menos con aires de perio­dista de revista importante. No se debe enar­bo­lar el descaro en estos casos donde campea la mi­seria y la desespera­ción. Al que mira con ojos de forastero le puede subyu­gar el enga­ñoso sabor de aven­tura de la situación, pero el que vive coti­dianamente la suerte de ju­garse el sustento más a cruz que a cara, tu­teándose con la sos­pecha de despedirse de modo de­fini­tivo en cada madrugada, la vive como una realidad de la cual no se re­gresa a la cómoda redacción a termi­nar la nota, jun­tarla con las fotos y editar. Luego en­contrarse con el baño diario, al agua bro­tando de la ca­nilla y el pe­riódico por de­bajo de la puerta."
"El que desciende a las profun­didades del so­cavón em­pujado por la esperanza de encon­trar el brillo defini­tivo de una veta in­agotable y eterna; perseguido por el des­consuelo, se afe­rra a mitos y creen­cias que, ante los ojos pro­fanos pueden parecer falsedades, fanatis­mos igno­rantes o apóstatas,   pero los que se jue­gan la vida en cada jornada para sacar de la Pa­cha Mama las ri­quezas que el Huari tiene guardadas en sus entrañas, en­cuentran en sus rituales un modo de agradar al Tío, ya sea con ofrendas de coca, cigarri­llos, al­cohol o con oraciones paga­nas."
Pero en ese momento aquella prohibi­ción de no dejarla entrar en el socavón por temor a per­der la veta como resul­tado del ac­cionar ce­loso de La Viuda, o del mismo Tío, le pare­ció ab­surda.
De nada sirvieron palabras, pro­me­sas ni ame­nazas proferidas por aquella encole­rizada pe­li­rroja que argüía sus vale­rosos ancestros muer­tos en las minas de Ir­landa. Pero bien que se cuidó de mencio­nar que en aquel país, tam­poco dejan en­trar a las muje­res ni a los curas con so­tana.
En un corredor de la mina, paso obli­gado para el nivel que esta­ban explo­tando, encon­traron la ima­gen del Tío: el cuerpo tallado en mineral; las manos, piernas y cara esculpidos con arci­lla de la mina. Los ojos, representados con dos focos en desuso de casco de minero, le otorga­ban un as­pecto fantas­magórico.
Unos vidrios puntiagu­dos orna­ban la boca abierta, voraz, dis­puesta a recibir las ofrendas.
Ramón se detuvo encendiendo un ciga­rrillo para luego ponerlo en la boca de aquella fi­gura gro­tesca y con genuina veneración co­menzar a re­latarle sus pesa­res y penurias.
Tío, no me estás ayudando, trabajo en el cueva por que no tengo dónde ir a traba­jar. mis hijos es­tán pasando hambre y frío. Gano poco y la miseria me está al­can­zando, tanto que ya casi no puedo comprar tabaco para ofrecerte y mu­cho menos ginebra ni “alcol”... ni nada...
Así durante un rato largo con un la­mento cla­mo­roso, cum­pliendo de esta manera con el ri­tual coti­diano de infor­mar al Tío de sus pe­sa­res.
Después le tocó el turno a Ma­maní y los otros se alejaron dis­cretamente, en tanto Ra­món les expli­caba que aquella era la manera habitual de entrar a la caverna, mostrándole las miserias al Tío para compadecerlo y ob­te­ner con más faci­li­dad la veta. La misma veta que se tiene miedo de per­der si al­guien  silba o con la en­trada de las mujeres. Dicho esto último a guisa de ex­pli­cación ante la ter­mi­nante ne­ga­tiva de Mamaní de que en­trase "la señora" como había dado en llamarle.
Trabajaron durante casi toda la mañana en si­lencio. Uno des­prendía con el pico de la os­cura pared el mineral que el otro car­gaba con una inmensa pala a la vago­neta que Felipe se ocu­paba de sacar em­pu­jando por el oxi­dado riel hasta la boca­mina.
Al mediodía salieron al en­cuen­tro de un sol despia­dado y el sempi­terno ventarrón. Sucios, ne­gros de polvo oscuro y con las hue­llas del su­dor marcadas más claras desde la frente hasta el cuello.
En las fotos se vería más tarde las seña­les de un cansancio voraz y en los ojos rojos una ex­traña de­sazón mezclada con un empe­cina­miento na­cido de la deses­pera­ción.
Se sentaron a descansar a la sombra de un des­tarta­lado co­bertizo, mientras be­bían lenta­mente agua de una botella fo­rrada de arpillera. Senci­llo pero eficaz método de protección y, a la vez, útil para refrescar el con­tenido.
Felipe, como casualmente re­tomó el hilo de las preguntas.
–Así que Ud. es del norte, Ma­maní...? De dónde viene?
–Nací en Purmamarca, creo... muy al norte. Por allí me he criado... he cuidado llamas, las he pas­to­reado, he sido labra­dor con mis tíos... los hermanos de la mamá, pero a mí me ti­raba la mina, vio?... Mi papá y sus her­manos eran mi­neros... ellos ve­nían de Bolivia y a mí me ha gustado siempre lo que ellos conta­ban, y poco a poco, a fuerza de escu­charlos he ido apren­diendo, y cuando ya tuve diecisiete años, me he ido de la casa a trabajar en los socavo­nes.
–Ramón me ha contado que en agosto se lo fes­teja al Tío... que usted le ha dicho que ese es el mes del diablo, pero yo tenía en­ten­dido que el primero de agosto es el día de la Pa­cha­mama, y que también se la cele­bra ese mes... ¿cómo es eso?
–No sé... Una cosa me la conta­ban mis tíos, mi papá y a la otra mi mamá. Ella me decía que hay que respetarla a la Pa­chamama, hay que ser agradecidos, por que somos de ella. Ella nos da de co­mer, donde dormir, y en ella va­mos a des­can­sar para siempre. Entonces el treinta y uno a la no­che empezaba a preparar el festejo para ella, para la Madre Tierra... para darle de comer y de beber... a veces lo hacen justo ese día, otras, cualquier día de ese mes, pero lo más antes posible por que después tie­nen que em­pezar a prepa­rar la tierra para sem­brarla... ablan­darla... todo eso.
–¿Cómo se hace la celebración?
–Hacen un pozo para echar la comida que pre­paran para ella, para la ofrenda... cavan bien pro­fundo y si sale linda la tierra te va a ir bien ese año, pero si sale medio negra, es se­ñal de que no te va a ir muy bien.
–¿Colocan solamente comida en ese pozo?
–No... le echan un cántaro de chicha y una ja­rra de vino. Cada uno le da un poco y des­pués hay que sahumar la casa con un in­cienso y bra­sas...
–¿Rezan algo...?
–Si, un rezo que yo apenas si re­cuerdo... y co­menzó a rezar des­pacio, más para sí mismo que para sus interlocutores ha lle­gado tu día Pa­chamama, y nosotros estamos aquí para ve­nerarte. Te damos gracias por el año que he­mos tenido y la cosecha que va­mos a te­ner... acá está la comida que te hemos he­cho... te estamos dando lo que hemos cose­chado este año y esperamos que el año que viene te po­damos dar más de lo que te estamos dando... no me acuerdo más. Hace tanto tiempo...
Felipe hizo como que no veía las lágri­mas en el rostro curtido de aquel recio mi­nero.
–¿Qué contiene el sahumerio, Mamaní?
–Las piedras de las siete con­tras...
Retomó el rito agradeciendo silencio­sa­mente el trato respe­tuoso de aquel im­pla­cable pero de­licado periodista que inte­rro­gaba co­mo se inte­rroga a un via­jero. Con una cu­riosi­dad in­fantil más que pro­fe­sional.
–... pero sigamos trabajando, a la noche le cuento más.
Después de la cena, sentados al­rededor de la mesa escuchaban al hombre que retornaba a su lejana niñez relatando sus me­morias.
–Usted me preguntaba qué te­nía el sahume­rio... piedras, te­nía... eran siete, una para cada con­tra. Había una rosada, una blanca, una amarilla, una ver­dona... más claras o más os­curas, pero lle­gaba a siete. Como son siete las contras de la vida, vio? Bueno... una piedra con­tra el abo­rre­cer, contra la envidia, co­ntra las brujerías... también le ponían romero que salva a la casa de todas las maldades.
La ventisca que rondaba la casa, le ofrecía un rumor de fondo al relato, a la vez que que­ría entrar por las aquellas hendijas por donde el farol de­jaba esca­par amarillos tajos de luz hacia lo negro de la noche.
–... nos levantábamos temprano el día que le íbamos a dar de comer a la Pa­chamama... to­dos madrugá­bamos antes que vi­niera nadie, buscá­bamos algunas hierbas de las que ha­bían por ahí para el sahumerio, molle, salvia y se pa­saba por toda la casa... ¡puta que ha pa­sado el tiem­po...!.
Nuevamente el silencio se adue­ñó del sitio. Hasta el aire pareció detener por un mo­mento su an­dar para oír aquel salmo que bro­taba como un rezo de los la­bios a aquel a quien nunca ha­bían oído cantar y ahora les re­galaba aquel mur­mullo envol­vente y acari­cia­dor.
–¿Qué era eso que cantaba, Mamaní? –Pre­guntó Felipe.
–Coplas... más bien tristes que alegres... coplas eran... ya ni sé cuando las escu­ché...
Y apurando la última ginebra, se calzó el som­brero y saludando con un gesto, se marchó.
Al cabo de un rato lo escucha­ron cantar a viva voz buscando el eco en los cerros que lo ro­dea­ban.
–...te deje en la mañana cuando topé la apacheta[1] mi acullico[2] de coca pa´ que se aclare tu voz... me´i buscar una chola y al ter­minar la cosecha meta chicha[3] y bai­lando nos ma­charemos[4] los dos...
Los niños buscaron achicarse co­ntra el padre que los envolvió con sus brazos tranquilizán­do­los.
José, pidiendo perdón mental­mente dis­paró su cámara por úl­tima vez, tratando de captar ese mo­mento, intacto como lo lleva­ría para siem­pre en su corazón.
Al otro día partieron pero ya no eran los mis­mos.


Socavón

©Alfio Araujo



[1] Apacheta: montículo de piedras que hace el coya a la vera del camino, donde deja a modo de ofrenda, coca, alcohol o algún alimento.
[2] Acuyico: Bolo de coca que el coya lleva en la boca
[3] Chicha: bebida alcohólica
[4] Macharse. emborracharse
Se me hace imprescindible explicar la licencia que me tomé poniendo en la boca del coya una letra de un huayno moderno y probablemente desconocido por alguien como "intérprete", pero la intención era mostrar una visión moderna del sentimiento con el que se festeja precisamente hoy 1 de Agosto el Día de la Pachamama. Licencia,ya lo dije.

De paso, pueden escuchar a estas tres cantoras:. Mónica Abrahan, Ángela Irene y la Buja Salguero. en el link está le letra.

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